Hoy traemos al blog de Biblioteca Fuenllana una recomendación interesante para disfrutar en casa padres e hijos, ahondando en el conocimiento de nuestras emociones. Con esta herramienta educativa, preciosamente ilustrada, trabajamos “valores de oro” que nos ayudarán a a ir dando pasos hacia una feliz madurez.

“La infancia es, probablemente, la mejor época de la vida para sembrar la
esencia de la educación emocional y para trabajar este aspecto de
nuestro ser. Esto ayudará a conseguir que los niños se conviertan en
adultos saludables para sí mismos y para el entorno en el que viven.”

Para niños de 3 a 6 años

Para niños pequeños, recomendamos que se comience sacando provecho a las ilustraciones de las emociones más sencillas (vergüenza, ternura, odio, aburrimiento, felicidad). El niño y el adulto pueden conversar sobre qué les ha sucedido a los personajes de las ilustraciones y sobre cómo se pueden sentir y por qué. También puede resultar adecuado explicar situaciones que se hayan vivido en las que esté implicada la emoción de que se trate en cada caso. A continuación, se puede leer el texto; por lo que sabemos de otras experiencias, los niños disfrutan cuando se les leen los textos y, de esta manera, se van familiarizando poco a poco con el vocabulario. Además, así adultos y niños se acostumbran a que las emociones pueden ser un tema de conversación natural entre ellos y se va aumentando la confianza y la intimidad entre ellos.

Emocionario para leer juntos en casa.

En otros momentos, cuando los niños experimentan una emoción determinada, que todavía no conocen, se puede leer la definición en el “Emocionario”. Así, los niños van identificando lo que oyen con lo que sienten. Esto tiene un efecto tranquilizador y normalizador: por un lado, aprenden que lo que sienten tiene un nombre; por otra parte, saben que otras personas sienten lo mismo.

“Di lo que sientes:
El candor (según el Diccionario de la Real Academia Española:
«Sinceridad, sencillez, ingenuidad y pureza del ánimo») infantil permite a
los niños expresarse sin fingimientos ni artificios, de una manera libre,
espontánea, exenta de malicia. Por eso, los niños sienten menos
prevención a la hora de expresar sus emociones: lloran, patalean, ríen a
mandíbula batiente, buscan una caricia o un regazo…, y lo hacen de
manera natural, porque «se lo pide el cuerpo».

Cuando hablamos de educar emocionalmente a los niños nos referimos a
la necesidad de aprovechar esta ausencia de barreras para conseguir que
los niños sepan reconocer las diferentes emociones en sí mismos y en los
demás; para ayudarlos a expresar lo que experimentan de modo que
puedan ser entendidos; y para darles herramientas con las que encauzar
lo sentido y controlarlo. Es común que a los niños les embargue
literalmente una emoción. (Según la primera acepción del DRAE,
embargar significa «dificultar, impedir, detener»; de acuerdo con la
segunda: «suspender, paralizar»). Pues bien, precisamente lo que
queremos es que los niños no se vean detenidos, dificultados o
paralizados por lo que sienten, sino que puedan identificarlo, analizarlo y
procesarlo de un modo constructivo y sano.

Sin embargo,
existe una dificultad manifiesta
a la hora de trabajar las
emociones con niños:
el conocimiento lingüístico,
el vocabulario, las palabras.
Si el lenguaje nos permite manifestar
lo que pensamos o sentimos,
entonces desconocer determinadas palabras y su significado
limitará en gran medida la gama de lo que podemos manifestar. Incluso
es posible que nos limite en nuestra capacidad para comprender lo que
pensamos o sentimos.”